jueves 26 de noviembre de 2009
martes 25 de agosto de 2009
Zoótropo
-Ah no, ah no, ah no, no es necesario –dijo Óscar Amalfitano –. Con una buena descripción me basta. En cierta forma todos tenemos millones de discos mágicos flotando o girando dentro del cerebro.
–¿Ah, sí? –dijo Charly Cruz.
–Híjole –dijo Rosa Méndez.
–Bueno, pues era un borrachito riéndose. Eso era lo que estaba dibujado en una cara el disco. Y en la otra cara estaba dibujada una celda, es decir los barrotes de una celda. Cuando hacía girar el disco el borrachito que se reía estaba dentro de la prisión. –Lo cual no es motivo de risa, ¿verdad? –dijo Óscar Amalfitano.
–No, no lo es –suspiró Charly Cruz.
–Sin embargo el borrachito (a propósito, ¿por qué lo llama borrachito y no borracho?) se reía, tal vez porque él no sabía que estaba en una prisión.
Durante unos segundos, recordaba Rosa, Charly Cruz había mirado a su padre con otra mirada, como si quisiera adivinar hacia dónde pretendía arrastrarlo.
[…]
–El borrachito se ríe porque cree que está libre, pero en realidad está en una prisión –dijo Óscar Amalfitano–, ahí reside, digamos, la gracia, pero lo cierto es que la prisión está dibujada en la otra cara del disco, por lo que también podemos decir que el borrachito se ríe porque nosotros creemos que está en una prisión, sin apercibirnos de que la prisión está en una cara y el borrachito en la otra, y que la realidad es ésa, por más que hagamos girar el disco y nos parezca que el borrachito está encarcelado. De hecho, podríamos incluso adivinar de qué se ríe el borrachito: se ríe de nuestra credulidad, es decir se ríe de nuestros ojos.
Roberto Bolaño: 2666
martes 4 de agosto de 2009
lunes 3 de agosto de 2009
Espejos
jueves 23 de julio de 2009
Mi coche
Todas las cosas se cuidan de sí mismas. Podría cerrar los ojos y este viejo coche se ocuparía de sí mismo. Dean Moriarty.
Mi coche necesita un trasplante. Un trasplante de unos 2000 euros.
Confieso que me he visto tentada por el impulso de comprar un coche nuevo. En la balanza, mi consumismo y mis conocidos ponían sin cesar pesas de ese lado: “¡No merece la pena gastar en un coche viejo!”. “Ahora están muy baratos”. “Cuando empiezan a dar problemas, es mejor deshacerse de ellos”. Pero hoy lo he vuelto a conducir, después de dos o tres meses, y una sorprendente e inesperada revelación ha desequilibrado esa balanza en otra dirección: yo quiero a mi coche.
Mi coche se ha vuelto un gruñón, como su dueña: cuando arranca, o cuando las normas de tráfico le obligan a detener su marcha, ruge, tose y tiembla como un condenado. También es cierto que cuando coge carrerilla, también como la dueña, se sigue defendiendo con la misma alegría y soltura de siempre. Siempre que no reduzca a primera. Mi coche, y yo, preferimos las marchas largas, y a ninguno de los dos nos gusta que nos paren.
Antes de esta avería, mi coche me ha dado otros problemas: me ha dejado tirada en la autopista, en el garaje y en el instituto, y durante una época consumía más aceite del debido (bueno, la dueña también tiene, por suerte cada vez menos, tendencia a consumir más de lo debido). Por otro lado, yo también lo he maltratado a él: lo he estrellado contra columnas, puertas y cunetas; dos de los tres pinchazos que nos han tenido paralizados a solas en medio del camino han sido consecuencia de negligencias mías; le he dejado dormir a la intemperie; no he tenido prisa por reparar los frecuentes arañazos que le he inflingido; desatiendo su orden y su limpieza hasta un punto que avergonzaría al común de los mortales (acepción 2); y, sobre todo, lo he puesto a parir ante propios y extraños.
Pero le quiero. No, espera, la adversativa no es la conexión apropiada. Corrijo: por todo esto, le quiero.
Así que probablemente, si el sentido común no lo remedia (debe elegirse para “común” una de las acepciones 2. adj. Corriente, recibido y admitido de todos o de la mayor parte. 3. adj. Ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido, o 4. adj. Bajo, de inferior clase y despreciable), repararé mi viejo coche. Me dirán “estás loca, una vez que empiezan no paran de dar problemas”, y yo, de natural poco peleón, sólo diré: “ya, pero le quiero”, y pensaré para mí: “¿realmente es tan importante escapar de los problemas, aunque del otro lado esté nada menos que el amor?”. Muchos saben que estoy un poco loca (recomiendo encarecidamente consultar esta palabra en el diccionario de la RAE, no tiene desperdicio y da para filosofar tres tardes de playa seguidas, por lo menos), pero pocos saben que soy una sentimental. Y yo, que estoy algo loca, creo que mi coche es uno de esos pocos.
Confieso que me he visto tentada por el impulso de comprar un coche nuevo. En la balanza, mi consumismo y mis conocidos ponían sin cesar pesas de ese lado: “¡No merece la pena gastar en un coche viejo!”. “Ahora están muy baratos”. “Cuando empiezan a dar problemas, es mejor deshacerse de ellos”. Pero hoy lo he vuelto a conducir, después de dos o tres meses, y una sorprendente e inesperada revelación ha desequilibrado esa balanza en otra dirección: yo quiero a mi coche.
Mi coche se ha vuelto un gruñón, como su dueña: cuando arranca, o cuando las normas de tráfico le obligan a detener su marcha, ruge, tose y tiembla como un condenado. También es cierto que cuando coge carrerilla, también como la dueña, se sigue defendiendo con la misma alegría y soltura de siempre. Siempre que no reduzca a primera. Mi coche, y yo, preferimos las marchas largas, y a ninguno de los dos nos gusta que nos paren.
Antes de esta avería, mi coche me ha dado otros problemas: me ha dejado tirada en la autopista, en el garaje y en el instituto, y durante una época consumía más aceite del debido (bueno, la dueña también tiene, por suerte cada vez menos, tendencia a consumir más de lo debido). Por otro lado, yo también lo he maltratado a él: lo he estrellado contra columnas, puertas y cunetas; dos de los tres pinchazos que nos han tenido paralizados a solas en medio del camino han sido consecuencia de negligencias mías; le he dejado dormir a la intemperie; no he tenido prisa por reparar los frecuentes arañazos que le he inflingido; desatiendo su orden y su limpieza hasta un punto que avergonzaría al común de los mortales (acepción 2); y, sobre todo, lo he puesto a parir ante propios y extraños.
Pero le quiero. No, espera, la adversativa no es la conexión apropiada. Corrijo: por todo esto, le quiero.
Así que probablemente, si el sentido común no lo remedia (debe elegirse para “común” una de las acepciones 2. adj. Corriente, recibido y admitido de todos o de la mayor parte. 3. adj. Ordinario, vulgar, frecuente y muy sabido, o 4. adj. Bajo, de inferior clase y despreciable), repararé mi viejo coche. Me dirán “estás loca, una vez que empiezan no paran de dar problemas”, y yo, de natural poco peleón, sólo diré: “ya, pero le quiero”, y pensaré para mí: “¿realmente es tan importante escapar de los problemas, aunque del otro lado esté nada menos que el amor?”. Muchos saben que estoy un poco loca (recomiendo encarecidamente consultar esta palabra en el diccionario de la RAE, no tiene desperdicio y da para filosofar tres tardes de playa seguidas, por lo menos), pero pocos saben que soy una sentimental. Y yo, que estoy algo loca, creo que mi coche es uno de esos pocos.
Remendados, maduritos y algo pasados de moda, mi coche y yo seguiremos paseando nuestro malhumor, y nuestros problemas, por calles y autovías. Juntos, mientras los dos queramos.
sábado 18 de julio de 2009
Cat
She was still hugging the cat. "Poor slob," she said, tickling his head, "poor slob without a name. It's a little inconvenient, his not having a name. But I haven't any right to give him one: he'll have to wait until he belongs to somebody. We just sort of took up by the river one day, we don't belong to each other: he's an independent, and so am I. I don't want to own anything until I know I've found the place where me and things belong together. I'm not quite sure where that is just yet. But I know what it's like." She smiled, and let the cat drop to the floor. "It's like Tiffany's," she said.[...] It calms me down right away, the quietness and the proud look of it; nothing very bad could happen to you there, not with those kind men in their nice suits, and that lovely smell of silver and alligator wallets. If I could find a real-life place that made me feel like Tiffany's, then I'd buy some furniture and give the cat a name."
Truman Capote: Breakfast at Tiffany's
jueves 16 de julio de 2009
Estadio B
Ás veces (en realidade, case sempre) atópome máis cómoda escribindo nunha lingua que non é “a miña”. Creo que é porque, a pesar dos inevitables erros, escribir noutro idioma obrígame a aclarar, organizar e simplificar máis os meus pensamentos, dado o limitado dos recursos expresivos dos que dispoño. De xeito que, cando releo textos que escribin para, por exemplo, un curso de idiomas, atópome con reflexións coas que sigo a identificarme anos despois, e que moitas veces sería incapaz de expresar na "miña" lingua coa mesma claridade e precisión. Estaba pensando en traducir algún para subilo a este blog, pero o resultado non me gusta, así que prefiro deixalos como están: o imperfecto pero desacomplexado estadio B das linguas "alleas".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


